miércoles, 25 de agosto de 2021

EL ROBLE.



Elvira se despierta sin ojos. El aire vuelve a apestar otra vez. Está en cama con su marido.

—Ahmed, no puedo ver lo que hay a mi alrededor.

—¡Qué afortunada eres Elvira! -dijo Ahmed.

En Damasco solo se escuchan sirenas y gritos.

—Ahmed ¿Dónde están nuestros hijos?

Durante un instante Ahmed se quedó en silencio. Empezó a sollozar pero se contuvo.

—Están donde siempre Elv.

—¿Dónde siempre?

—Debajo del roble.

—¡Ayúdame a vestirme, quiero visitarlos! 

—Puede ser peligroso Elv.

—Por favor, quiero ir.

Ahmed desiste en convencer a su esposa, la ayuda a vestirse con  una túnica de color negro y una tela de color violeta pálido que utiliza para cubrir su largo y todavía hermoso pelo negro . Luego, ambos salen de casa agarrados del brazo. Elvira camina a tientas, con dificultad, no puede ver nada pero intuye el desastre de lo que acaba de suceder, el aire sabe a ceniza y a carne quemada. Tardan treinta minutos en llegar al cementerio y allí en el centro del mismo hay un roble. Elvira le pide a su marido que la ayude a arrodillarse y él accede. Una vez arrodillada empieza a rezar por Yaoued, Alí y por Hílal, su hija pequeña de tres años y medio. La luz empieza a palidecer, Elvira está exhausta y empieza a llorar, su marido esta vez es incapaz de reprimir el llanto. Durante unos minutos se quedan los dos acurrucados debajo del roble mientras el ruido del bombardeo cesa.

Ahmed agarra las manos de Elvira y las besa con suavidad.

—Es hora de marcharnos Elv.

—Sí. Ahora sé que están bien.

Ambos abandonan el cementerio. Es de noche.

<<Ya no habrá un mañana>>


No hay comentarios:

Publicar un comentario