viernes, 27 de agosto de 2021

EL GEN.

 


Existe un gen en su linaje, un gen que afecta más a los varones que a las mujeres. Ese gen convierte a sus portadores en seres incapaces de escuchar al prójimo.

Juan no es la excepción, es la regla. Cuando alguien le habla de fontanería el asiente e interrumpe a su interlocutor con su opinión, que la expresa con la seguridad de un experto en fontanería con cuarenta años de experiencia en el oficio.

Cuando alguien le habla de física cuántica aún asiente con más fuerza, parece como si la cabeza se le fuera a salir del eje, habla, habla y habla estableciendo conexiones entre materias que no tienen que ver entre sí pero que para él son básicas para contextualizar el problema y abordarlo desde una manera científica.

Pero si por casualidad surge algún tema que toque la inmigración, la política o el fútbol, un rubor cubre su cara y extremidades superiores. Mueve los brazos avasallando y alza la voz más que toda la megafonía del Estadio de Riazor, no admite ni siquiera un pero, un tal vez o un quizás. El diálogo se vuelve imposible.

Siempre huele a Varón Dandy, a su versión más extrema, esa que con dos gotas es capaz de desinfectar una extensión de terreno comparable a la longitud total de la playa del Orzan multiplicada por tres.

Una vez al mes, preferiblemente los sábados, saca un montón de papeles descoloridos y mezclados con unos apuntes de partidas al tute, atados con una goma elástica roída y se encierra en la cocina con ellos durante horas, con la puerta cerrada. Nadie ha conseguido aún averiguar qué hace con esos papeles. 

Otra costumbre curiosa que tiene es hacer de forma clandestina, llamadas a su aldea natal desde un locutorio. Tampoco sabemos a quien llama y con qué propósito.

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