Un cuento de
ajedrez
En un parque, un joven
de ascendencia inglesa, jugaba al ajedrez. "Quiero ser el nuevo
Spasky", pensaba dentro de su pequeño e hiperlógico cerebro. Era campeón
de ajedrez de un torneo callejero que todos los meses se celebraba en Madrid;
allí estaban los mejores jugadores de la Comunidad Autónoma y algunos jugadores
de otras partes del país. el campeón
movía las piezas con la precisión de un experimentado jugador de cincuenta o
sesenta años. Uno a uno iban desfilando jugadores por su tablero que eran
derrotados, la mayoría, en pocos movimientos. Siempre que efectuaba un jaque
mate separaba de la cara el mechón de
pelo que le caía por la frente y a continuación
ofrecía al perdedor un apretón de manos
funcionarial, seco y firme al mismo tiempo.
John o "Jota" como le llamaban en el colegio, era
un joven bastante apreciado; a pesar de su sobresaliente inteligencia nunca
había tenido problemas con ninguno de sus compañeros de clase, incluso era
bastante popular. No tenía ningún mote, nunca sufrió ninguna burla, ningún
comentario desdeñoso. Cuando respondía de manera acertada a una pregunta de los
profesores era admirado por su
inteligencia. En su clase había una chica misteriosa que hacía dibujos de Jota
a escondidas y los guardaba en su carpeta decorada con fotos de árboles.
Era martes, el encuentro transcurría sin sobresaltos para
Jota; en media hora había despachado a unos veinte jugadores: altos, bajos,
altivos, niños, adultos. Un apretón de manos y peina que te peina su pelo.
Eran las siete de la
tarde, el sol empezaba a declinar y la mágica luz provocaba sombras extrañas
debajo de los árboles. Allí cerca de uno de los robles centenarios del parque
apareció un nuevo contendiente: era un niño,
Aldo Zambrini. el más menudo de
todos los contrincantes a los que se había enfrentado hasta ahora; llevaba unas
gafas de armazón negras y el pelo cortado a la taza. Su padre era el famoso
Giorgio Zambrini, propietario de conservas Zambrini, la conservera más
importante de toda Italia. Se sentó directamente en el banco reservado para los contendientes, sin emitir
palabra alguna. Uno de sus acompañantes
efectuó la inscripción por él, Aldo portaba una cajita de color rojo
lacado y en los bolsillos de la chaqueta
guardaba unos guantes de seda blancos, un lápiz y una libreta con anotaciones.
-Me gustaría jugar con mis propias piezas- manifestó Aldo.
-Vale- respondió Jota.
Aldo abrió la cajita y sacó dos reyes ¿Blancas o
negras?-preguntó.
-Blancas- respondió Jota.
La brisa se había convertido en viento y hacía temblar las
piezas.
Jota comenzó con una apertura italiana. Zambrini meditó
varios segundos en la respuesta; le gustaba pensar con calma cada movimiento antes de mover pieza. Por
contra Jota era impulsivo, movía las piezas violentamente, parecía buscar la
intimidación del rival.
La partida se alargó más que las anteriores. Zambrini era el
mejor rival al que se había enfrentado nunca. La zona donde jugaban se fue
llenando de espectadores. Pronto cada
movimiento se transformó en un acontecimiento.
En una esquina había una chica con gafas
de pasta que dibujaba con precisión a los dos contendientes devorados por la
multitud.
Con un par de
movimientos Zambrini había bloqueado la apertura usual de Jota,
obstaculizando el avance de la fila central de peones gracias a una defensa siciliana y poco a poco iba
adelantando sus piezas.
Jaque al rey.
Jota ya no podía enrocar. Al público se le escapó un
suspiro.
Jota apartó el pelo
de sus ojos y miró a su alrededor. Se fijó en
una niña de seis años que seguía el juego mientras chupaba su dedo
índice y le sonrió con tristeza.
Improvisando una nueva defensa adaptada a las circunstancias
Jota pierde un peón en un intercambio de
fichas. De nuevo jaque al rey.
Por ahora había logrado zafarse moviendo el rey a la esquina
inferior izquierda del tablero. En una audaz jugada Jota consigue eliminar a
uno de los alfiles de su contrincante. El juego se iguala.
La brisa se había transformado en viento, si seguía así
habría que suspender la partida. John se había
animado, hacer tablas no era imposible. El juego continua se respira la
tensión en el ambiente ¿qué pasará?, la partida se alargó en el tiempo. Ya eran
las ocho y media, a Zambrini le tocó mover, en una jugada aparentemente estéril
con un caballo y la reina negra Zambrini lograba hacer jaque mate definitivo.
El campeón había perdido, Zambrini empezó a saltar de un
lado a otro, los espectadores lo vitoreaban, se subió a una farola y la usó
como barra americana, niños de su edad lo aplaudieron como a una estrella del
rap, saltó, saltó y saltó hasta que trompezó con una farola, al momento recobró
la compostura y volvió a ser aquel niño tímido y reservado que se había sentado
con inseguridad en el banco, luego colocó sus gafas que se habían torcido con su
exhibición de júbilo y se marchó siguiendo su comitiva de admiradores.
Sólo, sentado en un banco de piedra se quedó Jota, el
eficaz, la radiante promesa derrotado por un vulgar saltimbanqui, mientras en
la arena se retorcía el rey blanco adormecido por el viento.
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